Nunca hay suficiente tiempo para corregir
solo suficiente tiempo para hacer.
SEGUNDO LIBRO
Un joven y guapo príncipe no deseaba nada más en el mundo
que tener bellos hijos, había tenido muchos amores a lo largo de su vida, pero
nunca se sentía satisfecho, suplico a su padre el rey que buscara entre todas
las princesas a la más bella que le diera la estirpe que él deseaba. El rey
cegado por el amor hacia su hijo, salía cada mañana en la búsqueda de la
candidata.
Delante del príncipe desfilaron bellísimas princesas
ataviadas de las más finas joyas y hermosos vestidos, mujeres de manos
perfectas tan suaves como la seda y rostros tan resplandecientes como el satín,
pero el príncipe nunca se sentía satisfecho con ninguna de ellas. Decía que
ninguna se comparaba a la belleza que el mismo era, un rubio, alto y de color
ojos azul apagado con la piel tan clara, solo podía casarse con la que igualara.
Cansado de la búsqueda tan lenta de su padre, el príncipe
decidió una noche mandar a buscar a la bruja más sabia del bosque, por la
mañana se atavió con las joyas de su padre y se quedó sentado sobre el trono esperando
la llegada de la bruja que solicito a espaldas
del Rey. Sabía que si la bruja tan sabia era, adivinaría que él no era el
rey, y sabría entonces quien sería la candidata perfecta para el príncipe.
La bruja que atendería un parto aquella mañana no llegaría
nunca con la con la mujer que durante meses había solicitado a la bruja su
ayuda para dar a luz. Al ser llevada al castillo del rey sin ninguna
explicación le manifestó ante el príncipe sus preocupaciones sin siquiera
pensar en dirigirse a él como el rey y perder más tiempo fingiendo que le había
creído.
-Príncipe le suplico me deje regresar con la parturienta
que hoy debería estar ayudando y yo le prometo que acudiré aquí al día
siguiente sin premura-.
El príncipe que había pasado mucho
tiempo sentado en la gran silla de su padre se sentía mal humorado y algo tonto
frente a la anciana sabía que lo había descubierto al instante. Negó regresar a
la bruja con la madre hasta que ella cumpliera sus deseos.
-Quiero tener a mi lado a la mujer
que me dará los hijos más hermosos que este reino haya visto, y quiero tener un
mi primogénito, un varón, el más sano, fuerte
e inteligente hombre que exista alguna vez en el reino-.
La bruja que tenía un gran poder
también sabía que el príncipe podría apresarla si no hacia lo que le solicitaba,
pero antes sabía que tendría que castigar al príncipe por su egoísmo sin que
este sospechara de su magia. No podía romper su promesa de ayudar a la madre que luchaba en esos mismos instantes por traer
sola a una criatura, sería aquella parturienta la que daría a luz al hijo varón
del príncipe, la mujer tendría un hijo sano, fuerte e inteligente que crecería
y la amaría tanto como para protegerla. Después de un tiempo la anciana explicaría
a la parturienta que la primer hija de ella nacería años después en el vientre
de la reina y seria su destino volver a encontrar a su hija.
Para eso la bruja dio un pinchazo en
el ojo del príncipe extrayendo su esencia, ese mismo pinchazo se lo daría a la
madre ese mismo día en el mismo ojo, pasarían otros nueve meses antes de que la
nonata adquiriera el color de los ojos de su madre, esa sería la forma en que
la desdichada y pobre parturienta encontraría a su hija en el pueblo.
Para la segunda petición, la bruja
ya más tranquila bailo alrededor del príncipe tocando su flauta de madera,
largo tiempo bailo alrededor del impaciente príncipe. Al tiempo que el baile se
hacía más rápido, de entre las frías paredes de piedra del castillo el príncipe
comenzó a ver salir la mano de lo que parecía ser una hermosa aldeana, aquella mujer
era de baja estatura tenía cabellos largos y negros que cubrían su espalda
desnuda, una piel tostada por el sol brillaba en sus hombros, y sus ojos eran
de un color café claro que el jamás había visto en otra persona. Era la mujer
más sensual que había visto, sus labios carnosos no hacían más que querer
desear besarla y el solo mirar sus senos y sus caderas solo hacían que sus
pensamientos se hicieran confusos, ella era en todo diferente a él y a toda
mujer que hubiese visto en su vida y deseaba amarla cuanto antes.
En aquel oscuro castillo emergía
esta mujer exótica, dueña del amor y el deseo que tanto deseaba obtener el
príncipe, solo que en aquel momento el príncipe jamás había conocido a una
mujer así, ni siquiera en el pueblo existía alguna que se le asemejara, no sabía
que tanto podría confiar en la mujer-piedra para hacer a sus hijos hermosos y
bellos como el príncipe lo imaginaba.
Había crecido rodeado de mujeres hermosa
cabellera rubia a lo largo de su vida, todas eran consideradas preciosas por su
padre y la nobleza, aquella mujer era un misterio, se sentía tan atraído a ella
con tan solo tenerla presente hacia que el cuerpo del príncipe ardiera de
deseos de poseerla, su aroma era delicado proveniente de las flores que
cultivaba y su aliento era tan dulce como los frutos que rodeaban su choza a
orillas del mar, y aunque todo en su cuerpo atraía al príncipe,, no era lo que él
pensaba que la bruja le entregaría.
Desconcertada la mujer antes
piedra deseaba regresar cuanto antes a la piedra donde antes había estado su
playa que la había engullido y traído a ese sitio frio y obscuro que el príncipe
llamaba castillo. Simplemente tocar la piedra fría con los pies descalzos hacia
estremecer de miedo a la mujer que en su vida había tocado algo tan helado.
Supuso que aquel era el castillo del príncipe pero nunca antes en su vida había
imaginado pisar el castillo, aunque sabia lo hermoso que eran sus jardines, su
pueblo estaba tan alejado del reino del Omet que el castillo solo era un cuento
para niños en su pueblo playero. Y sin embargo ahí estaba ella, parada junto al
príncipe y a la vieja bruja que recorría los pueblos.
Mucho tiempo atrás, cuando ella
era una pequeña niña sus padres habían enfermado, era una enfermedad que solo
la nobleza había adquirido y nadie en el puedo sabía qué hacer para curar a los
padres de Unuen, la pequeña niña suplico a los curanderos del pueblo le
ayudasen a cambio del cacao que sus mismos padres le habian entregado, pero
estaban tan aterrados por esta nueva enfermedad que decidieron dejar morir a
los padres y así no contagiar a nadie más,
a escobazos la pequeña niña de seis años fue votada del templo de los
curanderos para así no propagar la enfermedad que ya tenía a sus padres en su
lecho de muerte, pero sus mazorcas de cacao no le fueron devueltas, exigió a
trompicones y gritos le regresaran sus mazorcas pero el curandero principal le
dijo que era el precio que pagaría si contagiaba a alguien más en el pueblo.
La pequeña niña lloro durante
horas a la orilla del mar aquel día, no solo ahora no podía curar a sus padres
si no que le habían quitado todas las mazorcas de cacao que sus propios padres
le habían indicado vendiera para que sobreviviera en su ausencia, todo en aquel
día era desdicha, pasaron las horas y oscureció, la niña cuidaba de sus padres
como podía y les llevaba agua de coco cuando sus labios se había resecado,
mirando a la luz del fuego a sus padres agonizar, así pasaron las horas cuando.
De la nada, una carroza jalada
por un hombre musculoso llego hasta la playa donde tenía su choza, una vieja anciana bajo de la carroza esperando
encontrar un poco de agua fresca para ella y su compañero llamaron a la choza
varias veces antes de entrar, los huesos en la entrada de la choza significaban
enfermedad y eran una advertencia para los desconocidos que quisieran cruzar el
umbral.
Una voz despertó a la niña de su mundo
de dolor por un instante. – ¿Quién es usted?- pregunto la pequeña.
-Mi nombre es Pachama, y yo y mi
compañero queremos agua para beber, venimos de hacer un largo viaje-
-Aquí no hay agua para ustedes,
ni si quiera para mí, mis padres están agonizando y necesitan más agua que
ustedes, váyanse, o se contagiaran de la misma enfermedad que está matando a
mis padres- ordeno la pequeña niña.
-¿Qué es lo que tienen tus padres
niña? Pregunto la anciana sabia.
-La enfermedad de los nobles,
pero nadie quiere ayudarme, y ya no tengo cacao para sobrevivir, puse los
huesos en la entrada para morir con mis padres, déjennos solos, déjennos morir-
-Tu enojo no solucionara nada
niña, si nos regalas un poco de esa valiosa agua podre ayudarte a curar a tus
padres- dijo la anciana mientras se sentaba en el petate de la niña a
descansar.
-Yo fui con los curanderos,
dijeron que no era curable y que tenía que enfrentar su muerte yo sola sin
contagiar a nadie más-
-Algunos de esos curanderos morirán
peor que tus padres corazón, pero mientras tu venganza llega, porque no nos
regalas un cuenco con agua, a cambio puedo revisar a tus padres-
La niña desconfiaba de la vieja y
su musculoso acompañante, sabía que existían ladrones y violadores pero en su
pequeña playa al lado de sus padres nunca había tenido que preocuparse. No le
quedaban muchas opciones, no confiar en la anciana podría suponer que la
obligara a ceder no solo darle agua, en realidad podrían robarle todo lo que
habia en su choza, a regañadientes, y sin dejar de desconfiar la niña sirvió dos cuencos
llenos de agua de coco, y los llevo a las manos de la anciana, esta compartio
un cuenco con su amigo musculoso que no dejaba de ver al vacio, por un momento
cuando le puso el cuenco en los labios este parecio volver momentáneamente a la
normalidad y bebio con desesperación cada gota.
-Un poco mas pequeña- dijo la
anciana cuando su compañero y ella habían terminado el fresco liquido.
-No queda mas- bufo la pequeña.
-Se que tienes mas, tus padres y
tu recogieron muchos cocos, los eh visto-
-Esos cocos son muy duros y ahora
no tengo la suficiente fuerza para usar el machete, llévense los cocos si eso
es lo que quieren y déjennos morir-
-No vas a morir niña, ni tu ni
tus padres, eres sabia al desconfiar de extraños, pero yo no soy una total
extraña, quizás oyeras hablar de mi, soy la bruja del pueblo cercano al reino,
vengo de un largo viaje y en las estrellas estaba escrito que te encontraría a
ti, ahora, a cambio de que me dejes llevarme seis cocos curare a tus padres,
pero antes tienes que entender que seguirás en deuda conmigo, engañar a la
muerte no es algo sencillo y te costara mas que un par de cocos con agua. Ahora
dicho dame tu mano cerraremos el trato y revisare a tus padres-
-Yo no tengo mas mazorcas con que
pagar, no tengo nada de valor-
-O, si que lo tienes mi niña,
eres valiente, y fuerte, veras que en el futuro pueda yo mandarte a llamar, lo
sabras porque es tu destino, y yo lo se porque hoy estoy aquí contigo, nos
volveremos a encontrar donde quiera que este, el dia que necesite que me pages
nos volveremos a ver, y entonces podras salvar hoy a tus padres y el dia de
mañana a mi.
La niña titubeaba ante las
palabras de la bruja, si era verdad que ella era una bruja sabia que podría curar
a sus padres pero no saber de que manera le haría pagar podría ser peligroso,
pero ¿Qué otra alternativa tenia? Si la anciana se iba y no intentaba salvar a
sus padres de todos modos moriría con ellos, y la muerte también la aterraba.
-¿Tenemos un trato hija?- alargo
nuevamente la mano la anciana.
Y la pequeña alargo su pequeña
mano también.
-Bien ahora tienes que subirte a
la carroza, mi lacayo te llevara al castillo donde encontraras una hierba muy
particular que solo planta el rey en sus jardines, el te llevara a los jardines
y de ahí tendras que hallar la manera de entrar y cortar esta hierba que te
indicare, huele a mierda de caballo y suele estar acompañada por florecillas
pequeñas y dulces, sabras que es la correcta porque últimamente casi todas han
sido arrancadas y hay muchas pisadas alrededor de la planta. Nadie en el
castillo debe verte de lo contrario te tacharan de ladrona y nunca saldrás-.
La niña ni siquiera tuvo tiempo
de pensar nada, el lacayo la tomo por la cintura y corrió hacia la carroza
donde la coloco y corrió tan rápido que a la niña le parecía irreal tal
velocidad, nunca habia viajado mas que en burro y no conocía a nada ni nadie
que recorriera distancias a esa velocidad se aferro a lo que pudo para no caer,
ni siquiera le dio tiempo de remilgar por el requerimiento tan peligroso que suponía
ir por la planta. El lacayo parecía correr enloquecido y sin embargo la carreta
se encontraba perfectamente estable.
Mientras tanto un padre trataba
de abrir los ojos temeroso de que su hija hubiese sido raptada, aunque bien habían
alucinado durante varios días, aquel hombre que habia tomado por la cintura a
su niña le parecía muy real, trato de
voltear su cuerpo hacia la orilla de la cama para pararse, pero una mano
huesuda lo detuvo.
-Ella va a estar bien, por la
mañana yo no estare aquí pero tenia que dejar que se fuera, de lo contrario el
dolor que sentiran a continuación la habría asustado. Ahora te abrire el estomago
y luego el de tu esposa, hay que sacar las cuchillas de pedernal que
ingirieron, ser el catador de un rey nunca es cosa fácil, y vaya que les gusta
arriesgar su vida a ti y a tu esposa, pero las mazorcas de cacao no valen tanto
la pena creeme, de ahora en adelante este dolor les servirá para pensar mas las
cosas antes de arriesgar nuevamente sus vidas y dejar sola a esa niña.- Los
gritos de dolor ahogarían cualquier otro sonido de la playa durante toda la noche.
Mientras tanto la niña llegaba a
los jardines del pueblo, y trataba de meterse entre los matorrales cerrados que
rodeaban el jardín con las flores, algunos guardias patrullaban el jardín plácidamente
parecían mas bien estar disfrutando de una caminata, pero la pequeña sudaba un
frio tremendo cuando alguno de ellos se paraba cerca del arbusto que
necesitaba.
Era una tarea a su parecer titánica,
y sin embargo aquel dia ninguno de los guardias la encontraría. –De todos
modos, voy a morir- dijo la pequeña niña antes de correr a los matorrales,
arrancar la planta mas tierna y regresar a la carroza, todo habia parecido tan fácil
que aun no se lo creía, debía de ser parte de la magia de la anciana porque ningún
guardia la habia encontrado, pero cuando quería que el carruaje se moviera el
lacayo no se movia.
-Anda, que ya tengo la planta, ya
podemos regresar- pero nada.
-Anda, que mis padres están por
morir y necesitan la planta- intentaba mover con su cuerpo la carroza con lo
cual solo lograba moverla levemente los brazos del lacayo se aferraban
fuertemente a la carroza y fue ahí cuando la niña noto que de hecho estaban lastimados,
lucían como lijas pero sangraban en grandes resquebrajaduras. –Tus manos están heridas,
esa vieja bruja te obliga a que la lleves a todos lados- La niña masco un poco
de las flores, las ganas de vomitar eran demasiadas porque solo las florecillas
eran dulces pero la planta despedia un olor putrefacto a estiércol. Se las
arreglo para poner un poco de la planta en las heridas sangrantes del lacayo a
pesar de que este no dejaba de aferrarse a la carroza.
-Listo, si esta planta es tan poderosa
para que mis padres se recuperen tu también deberías de recuperarte, pero ahora
me que quedado sin suficiente para mis dos padres, eh de volver al castillo-
Nuevamente ahora con menor cautela la niña entro al jardín pero no seria un
guardia quien le descubriría si no un niño, un niño pequeño tan pequeño como
ella.
-No puedes llevarte eso.- le dijo
el niño regordete que tenia en su boca un gran caramelo –No puedes llevarte las
flores del castillo ó te meterán al calabozo- decia el niño despreocupado con
el caramelo cubriéndole parte de la barbilla.
-Yo no quiero ir al calabozo,
pero necesito esta planta para que mis papas se mejoren- dijo la niña mientras
observaba al niño devorar el caramelo.
-¿Tienes un dulce como esos que
me regales?-
El niño que no le temia a la niña
cerro un poco los ojos receloso de que se quisiera llevar sus dulces, el
castillo estaba lleno de ellos, en especial su cuarto que a esta hora estaría lleno
de chocolate caliente y pequeños bombones pero nunca le habían pedido que
compartiera ninguno de ellos con nadie, era hijo único y podia hacer y tenerlo
todo sin compartir nunca.
-Tu tienes tus dulces, no puedes
llevarte los mios-
-Mi madre hace un dulce de coco
con miel y piloncillo, pero esta muy enferma y hace mucho que no pruebo un
dulce, ¿me regalarias uno?-
- Solamente si te inclinas ante
mi- dicto y levanto la barbilla el niñato.
-¿Qué es inclinarse?- pregunto la
niña.
-Inclinarse es cuando una persona
hace una reverencia ante alguien con riquezas-
-Yo no conozco a nadie que tenga
riquezas, solo saludo con la mano ó con besos en la meguilla a quienes dicen
mis padres que debo de tenerles aprecio-
-¿Qué es aprecio pregunto el
niño?
-Cuando quieres a alguien sin
importar quien sea-
-Ah! Entonces yo te enseño a
hacer un reverencia y tu me enseñas a mostrar aprecio, luego te regalo mi dulce-
-Si, quiero aprender la
reverencia-
-Mira primero te inclinas asi,
cruzando las piernas para atras y levantas tu vestido para que no arrastre con
el suelo.-
La niña realizo el mismo
movimiento que el niño levantando su vestido en ese momento se dio cuenta de
que llevaba días sin lavar su ropa y que debería de oler muy feo, pues sus
padres nunca la habrían dejado sin bañarse tantos días, tanto dolor le habia
hecho olvidar sus enseñanzas.
Yo no tengo un vestido largo y
este esta casi destruido por los viajes que hice, mis papas están enfermos y
debo volver.
-Espera antes de que te vayas, ya
hiciste la reverencia, aquí tienes tus dulces, y le entrego dos chocolates en
forma de moneda.
-¿Qué son?- pregunto aquella
-La moneda del reino de mi padre,
no son de valor, solo las hacen asi para mi, te regalo dos mas para que le des
una a tus padres.-
-Muchas gracias- dijo la niña y
le dio un beso en la mejilla – Ahora tengo que correr-.
El niño todavía podia sentir la
calidez de la mejilla de la niña cuando esta hecho a correr, ni siquiera supo
su nombre pero soñaría con ella y ese encuentro durante mucho tiempo, le habia
regalado un beso, igual que su madre lo hacia antes de ir a la cama, antes de
que ella falleciera aquel dia por la noche unas cuchillas perforarían su estomago,
alguien estaba tratando de matar a la realeza.
La niña salio disparaba por el mismo
hoyo ya se habia familiarizado a su tamaño y ahora lo cruzo con una rapidez
inesperada, habría continuado con ese animo cuando cruzo la barrera de haber
encontrado la carroza, pero el lacayo al parecer habia partido sin ella, debía de
haber sido una trampa, y una de las peores, no solo la bruja la habia perdido
en un lugar que ella no conocía, si no que seguramente sus padres estarían muertos
para cuando ella llegara con la planta.
La niña lloro a borbotones el
estomago le gruñía con la nueva esperanza de que sus padres se salvarían habia
recordado el hambre que tenia, y como su único pensamiento habia sido dejarse
morir no habia consumido nada todo aquel dia, camino algunos pasos hasta donde
las antorchas del reino iluminaban las ruedas dejadas en la tierra por la
carroza y la dirección que habia tomado, era un camino en línea recta pero en
la obscuridad del bosque ya no podia ver mucho mas, asi que llego hasta donde
las líneas de la carroza se veian y ahí se sento a llorar los borbotones de
pocas lagrimas que aun le quedaban, el hambre parecía una auja que le atravesaba
el estomago de un lado a otro y recordó tener las chocolatinas, se comio dos
con premura, quiso conservar las dos que eran para sus padres pero el hambre
era demasiada, con las ultimas lagrimas comio las monedas de su padres, y se
atajo bajo un árbol a pasar la noche, solo por la mañana lograría ver las líneas
de la carreta y asi regresar a su casa. Era la primer noche que Unuen como la
habia nombrado su padre se hallaba sola y desprotegida, y sin embargo tuvo un
sueño sumamente placentero.
Veinte años después de ese suceso
habían pasado, y Unuen creía que la bruja ya había olvidado cobrar aquel favor,
solo fue cuando las arenas de su choza la tragaron viva veinte años después y
logro de alguna manera salir de las paredes frias de aquel castillo cuando
todos esos recuerdos de aquella aventura se habia vuelto a hacer realidad,
durante mucho tiempo habia creido alucinar a la vieja y al niño de las
chocolatinas, y dejado de preguntarse si esa habia sido la manera en que sus
padres se habían recuperado, tan solo recordaba claramente una cosa, habia
caminado durante varios dias sin comida y cuando llego a casa, sus dos padres estaban vivos y sanos, y la recibian con los brazos abiertos... la pesadilla habia terminado.
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